La reciente pretensión del MASISTA ignorante Leonardo Loza de reinstalar un busto de Evo Morales en la Plaza Murillo no es solo un desplante político; es un asalto a la dignidad ética de Bolivia. Intentar entronizar en el corazón del poder republicano a un personaje cercado por denuncias de estupro, trata de personas y corrupción, representa la degradación máxima de nuestros valores civiles.
Un símbolo público debe encarnar la aspiración de una nación hacia la justicia y la integridad. ¿Qué mensaje se envía a las niñas y mujeres bolivianas si el Estado rinde honores a un hombre señalado por gravísimos delitos de índole sexual? ¿Qué respeto queda por la cosa pública si se pretende homenajear a quien administró el país entre el despilfarro y el saqueo de los recursos naturales?
La memoria histórica no se construye con bronce, sino con hechos. Morales no solo dejó una herida abierta en la moralidad pública; su gestión jurídica y política nos condujo a las derrotas más dolorosas de nuestra historia reciente. Bajo su mando, Bolivia vio sepultada en La Haya la esperanza de un retorno soberano al mar y entregó, con una defensa negligente, las aguas del Silala.
Convertir a Evo Morales en un "símbolo" en la plaza principal del país es una provocación que busca normalizar la impunidad. La Plaza Murillo pertenece a la historia de los próceres y de la democracia y la libertad, no puede convertirse en el patio de recreo de un caudillo que despreció el voto popular y la ley. Aceptar este busto sería aceptar que en Bolivia, el delito y el fracaso diplomático tienen premio. La decencia mínima exige que los espacios sagrados de la patria se reserven para quienes, al menos, tengan las manos limpias y la frente en alto ante la justicia.
¡MORIR ANTES QUE ESCLAVOS VIVIR!







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