Por: Julio Ríos Calderón

Cuando un buey entra en un palacio no se convierte en rey, el palacio se convierte en establo. La investidura no ennoblece al mediocre, lo arrastra a su propio nivel. Así ocurre con Lara, que al ocupar la vicepresidencia no eleva la Asamblea, la degrada. Su presencia no es símbolo de autoridad, es signo de desorden. Sus traumas convertidos en delirios, sus venganzas disfrazadas de interpelaciones, sus rabietas de niño malcriado disfrazadas de oposición política, todo ello revela una mentalidad que no gobierna, que no construye, que apenas sobrevive en la estridencia.

El episodio más reciente lo expuso con crudeza. Intentó manipular de la manera más viciosa la interpelación al ministro de hidrocarburos, en ausencia del propio ministro y con la devolución oficial del pedido por improcedente. Lo que debía ser un acto de fiscalización se convirtió en su acostumbrado show bipolar, un espectáculo de rabietas y delirios que provocó que un parlamentario le pidiera la renuncia y que otros lo pusieran en su lugar, recordándole que la investidura no es licencia para el capricho ni para la farsa.

Declarado principal opositor y apoyado por Quiroga, pierde el tiempo degradando, haciendo escándalos como un niño malcriado que no respeta ni a sus propios padres. Quiroga, en lugar de elevar el debate, lo reduce a la mentira y a la manipulación. ¿Fugó Evo Morales como aseguró con pruebas su lacayo Zegarra? Es Quiroga, quien insiste en repetir que la transmisión de mando es ipso facto y automática, como si la memoria bastara para reemplazar el rigor jurídico. Su ignorancia política lo lleva a cometer errores que ni siquiera acepta cuando los expertos constitucionalistas se los señalan.

Más grave aún es que Quiroga no honra el legado de Banzer, que supo pactar con Víctor Paz Estenssoro para sostener la democracia y viabilizar el decreto 21060. Ese acuerdo entre adversarios fue símbolo de madurez política, un acto de responsabilidad histórica.

La reflexión canina es inevitable. El perro, incluso en palacio, conserva la lealtad y la dignidad de su especie. Lara ladra sin propósito, muerde sin causa, se revuelca en la mentira como jauría sin rumbo. El palacio se convierte en corral, la Asamblea en patio y la democracia en un eco de ladridos. Pero por fin llegó el día en que los parlamentarios lo pusieron en su sitio y le pidieron su renuncia.
Lo lamentable es que la ciudadanía, cansada y confundida, termina aceptando el ruido como normalidad. Se acostumbra al hedor del establo y olvida que alguna vez el palacio fue recinto de dignidad.

Esa es la verdadera derrota, no la del político que fracasa, la del pueblo que se resigna. Porque cuando la mentira se repite como disco rayado, cuando la mediocridad se instala en el mármol, lo que se degrada no es solo el cargo, es la dignidad colectiva. Bolivia merece más que un espectáculo de vergüenza, merece recuperar la memoria de los pactos que alguna vez sostuvieron la democracia y la altura de quienes supieron anteponer el país a sus propios intereses.

Y amable lector un consejo. No porque sea el vicepresidente hay que respetarlo. Si Lara no respeta, y se declara principal opositor, no merece ningún respeto ni consideración a su falsa investidura napoleónica. Si Quiroga se aliara con el presidente Paz, como prometió luego de su derrota electoral en segunda vuelta, Lara ya hubiera estado fuera de su cargo.